CASA DE CULTURA. AYUNTAMIENTO DE ORDUÑA. 2008

Ramírez vampiriza Orduña

Imposible que la pintura de Alberto Ramírez deje injdiferente al espectador. Sabe muy bien dónde mirar para elegir una buena vista. No improvisa, ni se fía de la primera sensación. Recorre, pacientemente, el lugar, analizando las sensaciones que recibe. las elabora y las transmite. Porque Alberto es, por encima de otras consideraciones, un pintor sentimental, en el que la forma está supeditada al fondo. La línea y el color al sentimiento que un paisaje, un edificio o una plaza, despiertan en él.

A menudo, demasiado a menudo, los artistas buscan llamar la atención sobre la novedad, la originalidad, lo infrecuente. No es éste el caso de Ramírez. Si por algo llama la atención será por la perfección de su dibujo, la elaboración de sus infinitos matices cromáticos, o su habilidad a la hora de repartir volúmenes y masas. Porque sabe hacer fácil o difícl. Si no sólo hay que mirar con atención ese juego de color, de planos, de líneas de fugas del paisaje urgano de Trasantiago. Hermoso, equilibrado, ajustado en todo. Pero tan complicado como un rompecabezas. ¿Y quién unifica todas las piezas? La luz. Una luz que se extiende sin estridencias, sin llamar la atención.

Bueno será que el espectador dedique un minuto a la reflexión para entender el código de Alberto. Para conocer y saber que en sus trabajos no hay deseos de provocar. Es pintor de muy larga y ancha trayectoria que llega a esta exposición con la certeza de no engañar al espectador con mensajes filosóficos, ni ecológicos, ni sociales. No hay mensaje oculto. Sólo calidad humana y emoción. Que esta emoción sea o no, compartida por el público es algo que no está en manos del pintor.

Luego uno abandona la sala con la sensación cierta de haber contemplado un conjnto de cuadros de lata cadlidad, desde luego técnica y sobre todo artística. Seguro que no nos equivocamos. Meditadamente, como toda su obra. Alberto Ramírez ha articulado esta exposición en torno a la ciudad de Orduña y sus alrededores. Aquí está El Pilón, la Iglesia de Santa María, con esa atmósfera tan diáfana, el Paso de la Antigua, nevado, gris, invernal. Nunca he sido partidario de quedarme con un cuadro mejor, pero hay que prestar atención a la Sima y al puente romano de La Muera.

Mejor que usted, espectador, deje de leer este texto y mire la pintura de Ramírez. Saldrá ganando.

José María Arenaza Urrutia - Catedrático de Historia

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